Instantes después de leer el texto de Ender Wiggins, el escalofrío aún recorre mi espalda al pensar en el periodista japonés frente al fusil, y en los muchos otros turistas y periodistas que se convierten en los ojos y oidos del mundo en Birmania.
Mi cámara es mi mejor aliada.
Me identifica. Me une a un colectivo neutral . Me libera de bandera y de país, de patria y de filiaciones. Sólo soy el instrumento mediante el cual la cámara muestra el mundo. Pero sin mí, la cámara es un objeto inerte, falto de iniciativa. Necesita una persona que la obligue a mirar la realidad, a veces dura.
Retrocedo entre los manifestantes. Un grupo de monjes cruza la calle corriendo, entre el ruido de los disparos. Una imagen extraña; un monje, epítome de la calma, apresurado y temeroso. Al final, supongo que todos somos seres humanos.
Un humo denso empieza a extenderse. Los ojos empiezan a lagrimear, así que retrocedo, con la cámara de fotos siempre en la mano. Entre el humo, aparece de repente un soldado. Eleva su rifle y apunta al primer objetivo que ve; a mí. Grita algo en Birmano.
En mi retroceso, tropiezo y caigo. Sostengo la cámara delante de mí. El soldado parece confuso. Mira hacia todos los lados. Miedo, duda, ira. Ambos sentimos lo mismo, estoy seguro.
Levanto la cámara, mirándole a los ojos. Me mira. No duda.
Mi cámara es mi peor condena.
Me identifica. Me une a un colectivo neutral . Me libera de bandera y de país, de patria y de filiaciones. Sólo soy el instrumento mediante el cual la cámara muestra el mundo. Pero sin mí, la cámara es un objeto inerte, falto de iniciativa. Necesita una persona que la obligue a mirar la realidad, a veces dura.
Me quito el sombrero y brindo por Ender, brindo por Kenji Nagai, por haber sido la mano que escribe y por los ojos que ven, por los que aún verán, y por los que ya no verán mas.
Salud y arriba la guardia
Noticia en Meneame
Últimas opiniones